LA CAJA DE PANDORA MAGAZINE

lunes, 29 de junio de 2009

1984 de GEORGE ORWELL (1949 / NINETEEN EIGHTY-FOUR)



"La verdad está en la mente, no en la realidad"
George Orwell

 

     En una sociedad como la nuestra, que tras los fatídicos ataques del 11-S es más orwelliana que nunca, la lectura de este libro no sólo es recomendable para cualquier persona inquieta mentalmente hablando, sino que debería ser de obligatorio análisis en todos los institutos y universidades de este planeta, haber si de una vez por todas despertamos de nuestro aletargamiento y nos damos cuenta de que nos llegan las noticias sesgadas, cargadas de mensajes propagandísticos y la información manipulada, con la intención de tener una población con el cerebro lavado y asustada por permanentes enemigos de la libertad (no en vano esta es la generación del miedo), controlada por políticos expertos en neolengua y doblepensar, como en el libro que nos ocupa, que no hacen más que mentir y camuflar la verdad a su antojo y re-escribir la historia, acabando así con cualquier posibilidad de libertad de pensamiento, de individualidad; y es que hoy, más que nunca, la realidad está cuestionada; Erich Fromm, en la edición de la novela de Signet Books (1961) decía algo que ilustra a la perfección esto: “El miedo y el odio hacia un posible agresor destruirán las actitudes básicas de una sociedad democrática, humanista".



     Como curiosidad, y a modo introductorio, diré que la novela fue escrita en el año 1948 por George Orwell (seudónimo de Eric Arthur Blair, 19303-1950) con el pretendido título de “El último hombre de Europa” (“The last man in Europe”), pero a los editores les pareció poco comercial y decidieron cambiar el orden de los números del año en el que se encontraban y de ahí el emblemático título que ostentará esta joya literaria para toda la eternidad.

     Del argumento en sí, del desarrollo de la historia en profundidad, poco se puede decir que no sepamos ya, pero podría explicarse como la eterna lucha de un individuo, Winston Smith en este caso, contra el Sistema (en este ámbito, recomendable a más no poder es “Brazil” de Terry Gilliam, que no deja de ser una adaptación libre de la novela de Orwell y que refleja a la perfección esta desigual batalla). 1984 nos traslada a un ficticio futuro distópico, que bien parece más una suerte de pasado desolador, en un Estado totalitario llamado Oceanía (hay dos más: Eurasia y Asia Oriental) fruto de la rebelión del pueblo contra el sistema capitalista. El Partido Único que gobierna dicho Estado profesa una ideología denominada INGSOC (que no deja de ser una malsana corrupción del socialismo inglés y cuyo lema es “la guerra es la paz, la libertad la esclavitud, la ignorancia es fuerza”), que ejerce un férreo control sobre una población absolutamente controlada y también estudiando el pasado, el presente y el futuro de las personas que conforman dicha población. Son personas insensibles a las que se les anula la capacidad y potestad de se eso, de ser personas libres y afectuosas, pasando a ser marionetas que se ven coaccionadas a rendir pleitesía y a amar al gran e insigne dirigente del Partido, el Gran Hermano, algo así como una divinidad hecha hombre que vigila todos los movimientos de unos ciudadanos permanentemente controlados (tanto por él como por la Policía del Pensamiento) por medio de telepantallas de doble dirección y micrófonos, con los que además de controlarlos, les pueden transmitir también informaciones sobre los triunfos del Partido; esto para los más afortunados, porque todo aquel que no pertenece al Partido se considera Prole y se ve forzado a vivir en el extrarradio, en condiciones de miseria considerables y con menos derechos que los ciudadanos (pero no son capaces de rebelarse ya que son engañados por el Gobierno, haciéndoles creer que ahora están mejor que en cualquier época pasada)... pero como en cualquier sociedad civilizada que se precie hay un grupo de personas llamada La Hermandad y liderada por Emmanuel Goldstein,que desean acabar con esta represión, intentando promover una revuelta de la Prole (que abarcan el 80% de los ciudadanos) y acabar así con el INGSOC. Si intentamos ver una similitud con otra obra de Orwell, con Rebelión en la granja concretamente, podemos elucubrar que el Gran Hermano y Goldstein podrían ser Napoleóon y Snowball o, si nos ceñimos a la realidad, podríamos aventurar que son el reflejo de Stalin y Trotski.
     Junto con el Partido, coexisten cuatro Ministerios: el del Amor (Minimor en neolengua)que se ocupa de la tortura y los castigos a los enemigos del Partido evitando así las disidencias, el Ministerio de la Paz (Minipax) que se encarga de que la guerra sea permanente, el Ministerio de la Abundancia (Minidancia) que se encarga de la economía y de intentar que la sociedad esté siempre al borde de la subsistencia racionando los alimentos y el Ministerio de la Verdad (Miniver), en el que trabaja el protagonista de la novela Winston Smith, que se dedica a manipular o destruir los documentos históricos para conseguir que el pasado coincida con lo que dice el Estado. Y es que para el Estado, lo que no está escrito, lo que no está en la lengua, no puede ser pensado.
      En este ambiente, todo empieza a cambiar para nuestro protagonista un buen día cuando se suceden una serie de situaciones anormales; a saber: unos extraños sueños, sensación de desagrado ante la multitud en los Dos Minutos de Odio diarios, aires de complicidad con O'Brien (otro miembro del Partido), cierto flirteo prohibido con Julia (una militante), la decisión de comenzar a escribir un diario a escondidas de las telepantallas... acontecimientos que le pueden conducir y condenar al más atroz de los castigos que una persona puede llegar a sufrir: convertirse en no-persona, aunque luchará por ser libre con la única arma que le queda y que nadie puede arrebatarle, la mente.
 
 Orwell escribió la novela distópica definitiva (que junto a “Mundo Feliz” de Aldous Huxley y “Fahrenheit 451” de Ray Bradbury, conforman las tres obras maestras de lectura obligada de este género) con la que advertirnos a todos del peligro que para el suponía el estalinismo, el totalitarismo soviético y el capitalismo extremo en una obra que desprende un aire de inevitable derrota, de melancolía opresiva y de pesimismo oscuro en cada palabra, en cada letra (tal vez como fruto de la enfermedad que padecía el autor en esa época y que acabaría con su vida poco después) y que en quien esto suscribe, al leerla en la adolescencia (época pretérita y lejana en el tiempo en la que todo se magnifica sobremanera; y si no que se lo digan a mi cerebro y el impacto que le produjo la lectura de “El Retrato de Pickman” de mi adorado Lovecraft... ¡Qué final!, ¡qué final!), se le quedó un regusto en la boca como a fango y una oscura desazón en el alma que tardó muchísimo tiempo en desaparecer... Y aún hoy dudo que ese malestar e incomodidad hayan desaparecido del todo...

viernes, 26 de junio de 2009

LAS 5 MEJORES PELICULAS SOBRE DROGAS


1.- El hombre del brazo de oro (The man with the golden arm / 1955 / Otto Preminger): Fantástica película de Preminger que, pese a ser de ámbito comercial, se salta la censura de la época y muestra la relación con las drogas de una manera muy dura y poco habitual en el Hollywood tradicional

2.- El almuerzo desnudo (Naked Lunch /1991 /David Cronenberg):Delirante visión de la barroca obra de Burroughs que nadie, excepto Cronenberg, hubiese sido capaz de llevar a la gran pantalla con la dignidad y solvencia con la que el director canadiense lo hizo.
3.- Trainspotting (Idem / 1996 / Danny Boyle): Adpatación a la pantalla de la novela de Irvine Welsh. Película rompedora tanto en el contenido como en la forma de retrtar una sociedad juvenil de Edimburgo sin aspiraciones ni futuro.
4.-Miedo y Asco en las vegas (Fear and loathing in Las Vegas / 1998 / Terry Gilliam ): Las andanzas de Hunter S. Thompson es llevada al cine por el visionario integrante de los Monty Python. Drogas, delirio y el fatídico sueño americano.
5.- Requiem por un sueño ( Requiem for a dream / 2000 / Darren Aronofsky): Dura e intensa historia  donde la drogas, los sueños y las obsesiones se unen para condenar a los protagonistas a una pesadilla eterna.

lunes, 22 de junio de 2009

THE WALKING DEAD (Image comics / 2003 - ??? )




“Somos sujetos sin nombre, naturalezas tipo Kaspar Hauser,
que navegan con rumbo desconocido [...]
Con todo su mundo todavía de viaje, [el rumbo]
quizá pueda revelarse – e incluso ser imaginable por primera vez -
en este viaje de descubrimiento de sí mismo”
Ernst Bloch (1885-1977)


 Cuando en octubre de 2003 Image puso a la venta el primer número de The walking dead, nadie (ni el propio Robert Kirkman quizás) podía imaginarse el éxito y la repercusión que iba a tener una serie como esta en el mundo del comic, más teniendo en cuenta que es una serie en blanco y negro y alejada totalmente de los estándares establecidos por las majors y sus consabidas series de superhéroes que no hacen más que repetir patrones.
 La historia, aparentemente típica de la temática zombie en su origen, nos narra las andanzas de Rick Grimes, agente de policía de un pequeño y tranquilo pueblo, y cómo cambia su vida cuando despierta de un coma producido por un disparo en un mundo pesadillesco y apocalíptico en el que tiene que emprender un duro viaje, tal vez sólo de ida, en busca de su familia perdida y que le cambiará irremediablemente para siempre,. Aunque a simple vista y en un primer momento puede haber (y hay) similitudes entre las películas de George A. Romero y la historia esgrimida por Robert Kirkman, ésta última va más allá, ahondando en la historia de los que quedan para ver lo sucedido, dejando (casi) de un lado los zombis y su incansable búsqueda de cerebros que devorar y decide centrarse en los seres humanos que quedan para tratar de vivir en el horror que les rodea, desarrollando la personalidad de esos supervivientes de forma magistral, personajes que no podemos por más que tomar como nuestros, a los que vemos crecer interiormente y cambiar en cada capítulo y con los que no tenemos más remedio que empatizar... y eso nos hace “odiar” a Mr. Kirkman por el sufrimiento que les ocasiona número tras número. 
 La serie es, sin lugar a dudas, mi primera y obligada lectura mensual cuando llego a casa de recoger mi material del Previews, y es que es, como dijera el mismísimo Kirkman, lo más parecido a una sublime película de zombis que nunca termina, que se re inventa cada poco con giros argumentales imposibles para crecer en magnitud y dramatismo, que refleja como ninguna otra serie lo oscuro que puede llegar a ser el mundo y el alma del ser humano, donde los supervivientes tienen que comenzar de cero, buscando nuevos lugares donde asentarse, sitios insospechados para vivir hasta ahora en los que hay que estar siempre alerta y donde han de replantearse todas las normas y valores en los que habían sustentado su acomodada vida para forjar el pilar desde el que erigir una nueva sociedad. La sociedad, tal y como la conocemos ahora, ha desaparecido, y parece imposible que pueda recuperarse, y eso nos lo describe de forma grandiosa el autor de Invincible, que hace aquí una muestra de madurez difícil de superar y un ejercicio de antropología humana y filosofía de la persona como no se ha visto nunca antes en un comic; uno no puede, una vez leídos los números publicados hasta la fecha (el último en mis manos es el 61), sino pararse a reflexionar sobre nuestra colectividad humana, el mundo que nos rodea a diario, lo fútil y vacuo que puede llegar a ser todo y, principalmente, cómo podemos llegar a reaccionar, a perder el control, ante situaciones extremas que ni tan siquiera podíamos imaginar cuando vivíamos una vida guiada por un inteligente equipo de marketing que nos supervisa en todo momento.
 Para Kirkman la familia es un ente sobre el que se debe erigir cualquier civilización, y ese pensamiento no debería resultarnos chocante, ya que desde la época de los Griegos hasta las tribus más remotas de África, es algo primordial; de hecho, nos basta con leer las siguientes palabras de Aristóteles: “En su origen tenemos una comunidad de dos (hombre y mujer, padre-hijos), que agrupados constituyen las familias, a partir de las cuales se compone la aldea y finalmente, la polis como unión de varios pueblos”. Este concepto es algo que ya hemos podido ver en otros trabajos suyos, en los que los lazos familiares son de vital importancia para el desarrollo de la trama y de los acontecimientos que ella se van gestando, como sucede en series como “Invincible” o “The Astounding Wolf-Man”, y es que para el autor es primordial que defendamos ese valor, que protejamos a los nuestros de la mejor manera posible. Como ya he comentado más arriba, Rick, el protagonista de “The Walking Dead”, emprende un viaje para recuperar a su familia desaparecida, un viaje en el que seremos testigos de cómo va evolucionando su persona, su forma, de cómo lucha para encontrar a su mujer y a su hijo y cómo es capaz de cualquier cosa, rompiendo algunas veces sus propias convicciones morales, para alcanzarlos, protegerlos y mantenerlos vivos ante cualquier posible amenaza, sea de un no muerto o de un vivo. A cada paso que da, con cada decisión que toma (a veces acertada, otras totalmente errónea y por consiguiente con repercusiones fatales para él y los demás), con cada zombi que mata, Rick va experimentando cambios y créanme cuando les digo que aquí (como en el resto de la obra) la labor de guionista y dibujante es de auténtica simbiosis mágica, ya que el pobre protagonista reacciona ante lo que le acontece de forma mucho más real que muchas de las personas de la vida real que conocemos en la vida. Podemos ver con claridad como cada día algo se va rompiendo dentro de él, marchitando su alma y haciéndole envejecer emocionalmente a pasos agigantados... y lo peor es que parece estar llegando a un punto de no retorno del que parece imposible que pueda recuperarse.

 
 El primer arco argumental estuvo dibujado por el amigo incondicional desde la infancia de Robert Kirkman, Tony Moore, con el que había formado equipo casi desde siempre en otras colecciones, como por ejemplo Battle Pope. A pesar de que el dibujo de Moore es estupendo y no se le puede criticar nada, ni un trazo, es de agradecer que dejara la serie para emprender otros proyectos y le cediera el testigo a Charlie Adlard, porque este hombre ha nacido para dibujar esta serie. El primer trabajo que recuerdo haber leído de Adlard es la adaptación al comic de la serie televisiva Expediente X que publicó Topps hace años, y ya entonces me pareció un dibujante interesante y de trazo muy personal. Y en esta obra no hace más que confirmar lo dicho, y es que uno no puede sino ensalzar su trabajo y decir que es un auténtico genio que dibuja a los zombis de forma magistral, alejándose del aspecto monstruoso o burlón tan típico en el mundo de las viñetas o del cine de bajo presupuesto para dotarlos de una extinta humanidad aterradora; aterradora porque comprendemos lo que fueron una vez y lo que son ahora, un amasijo de carne corrompida incapaz de morir porque han perdido su alma y cuya única meta es devorar todo ser viviente que se encuentran a su paso. Y en cuanto a los vivos, sucede lo mismo, su lápiz es capaz de conseguir que los personajes cobren vida, que sus rostros tengan sentimientos y que sean reconocibles a un primer golpe de vista, algo que no se puede decir de otros muchos compañeros de profesión que sólo saben dibujar posturas imposibles de humanos deformes de músculos hipertrofiados e imposibles y rostros clónicos vacuos de toda vida y toda expresión.
 Antes de dar por finalizadas mis divagaciones sobre este comic, permítanme recomendarles encarecidamente la compra de esta serie de televisión hecha tebeo porque, además de entretenernos, de contar con un guión sólido (que junto con los de Brubaker para Marvel son de lo mejor que se está escribiendo ahora mismo), de sorprendernos con finales dramáticos que te hacen esperar el siguiente número con el mismo ansia que un vampiro espera a su víctima para alimentarse, y que cuenta con un dibujo que nos deja sin palabras, nos hace reflexionar sobre nuestra sociedad, el mundo que nos rodea y en cómo podemos reaccionar cuando perdemos todo lo que tenemos, todo lo que amamos y se nos olvida soñar... Si sólo pueden comprarse un comic-book al mes, háganse un favor y que sea este.
 Y para terminar, una pregunta que lanzo al aire, ¿alguno de ustedes, estimados compañeros, se imagina este comic hecho serie de televisión y dirigida por el equipo de Lost?... 


miércoles, 10 de junio de 2009

Joel-Peter Witkin (13 de septiembre de 1939, Nueva York)


Poniendo algo de orden en el caos que impera en mi biblioteca, me he reencontrado con un libro de fotografías de uno de los más grandes e injustamente olvidados artistas americanos de finales del siglo pasado, cuyas instantáneas no están muy alejadas de los delirios surrealistas que obsesionaban a Luis Buñuel, de las películas soñadas por David Lynch o de la “nueva carne” de David Cronenberg, y me he visto en la “obligación” de escribir unas pocas líneas sobre él, de dar unas leves pinceladas sobre Joel-Peter Witkin.
Para todos aquellos de ustedes que desconozcan quién es, les diré que es uno de los artistas que más rechazo e incomodidad provocan en el siempre correcto e hipócrita público (nada que ver con un acomodado y sobre valorado Damien Hirst deliberadamente bizarre, pretendidamente cool y tediosamente valorado). 
Joel vino al mundo en el seno de una familia abocada desde el principio a su destrucción (cosa que sucedió pocos años después en forma de divorcio), con unos progenitores que profesaban religiones contrarias pero de similar y lejano origen (de padre judío y madre católica) y pudo observar por sí mismo a muy pronta edad que la intolerancia y la fe irracional no llevan a nada bueno. Otro episodio de la infancia que le marcó, y de qué manera, en su carrera posterior fue ni más ni menos que la visión de un accidente de tráfico frente a su casa, en el que una joven acabó decapitada a causa del tremendo impacto sufrido. Después de graduarse, trabajó como fotógrafo durante la Guerra de Vietnam hasta 1964. Tres años después decide ir por su cuenta, trabajando como freelance y dedica parte de su escaso tiempo libre a estudiar arquitectura. Desde entonces, su carrera ha estado llena de premios y menos reconocimientos de los que merece.
La fuerza de cada una de sus efigies, la intensidad con que nos golpea la vista cada una de sus fotografías, hacen que buceemos en un Universo propio, deteriorado, gangrenado, que no es sino el reflejo de todo cuanto nos rodea y queremos ignorar, de todo cuanto pensamos y queremos ocultar; Witkin es, ni más ni menos, que el más fiel retratista de la condición, el alma y el espíritu de ese ser que llaman humano. Simbología, imaginería y artefactos ancestrales son los que impregnan la interesantísima carrera de Witkin, y le ayudan además a revistar constantemente nuestro tiempo, el gangrenado presente en el que nos toca vivir cada día.
Lejos de lo que podría pensarse, lejos del fácil camino de plasmar el alma con imágenes impolutas e idealizadas, Joel busca la belleza de los grotesco, de ese Mr. Hyde que todos ocultamos en lo mas profundo de nuestro ser utilizando como modelos, antagónicos de esos andróginos esqueletos de pasarela y decantándose por todo lo que no es considerado dotado de hermosura, por todo lo que es inconcebible a los ojos de la respetable sociedad (y que no son sino extraídas de personas reales habitantes de mundos y submundos como los psiquiátricos o las morgues que, en su largo peregrinar por el lado oscuro de la vida, va conociendo y reteniendo en su memoria y en sus notas): hermafroditas, enanos, cadáveres, discapacitados mentales y físicos, fetichistas... y todo bajo el velado influjo de la cristiandad y los estigmas de Cristo. No hay más que fijarse con un mínimo de atención en su trabajo para poder desenmarañar las influencias que ha sufrido por parte de talentos como los de El Bosco, Goya, Velásquez, Giotto, Max Ernst, Bellocq o Botticelli, dotando al conjunto de una grotesca belleza difícilmente igualada por cualquier otra persona, despertando en nosotros una fascinación y un escalofrío que me hacen ver la auténtica y cruel naturaleza de eso, mal llamado, ser humano. 
Alguna vez, algún conocido (que no amigo) me ha insinuado que las fotografías de Joel le molestan, le incomodan por lo desagradable de su realidad; algo que, realmente, me llena de sorpresa y no logro comprender porque, lo que a mi me molesta e incomoda, es que esa misma persona sea capaz de soportar cualquier telediario mientras come, con primeros planos de cuerpos mutilados en Oriente, con testimonios súper detallados sobre una violación, vejación o maltrato, y es capaz de aguantar estoicamente y sin dejar de masticar su filete poco hecho salvo para soltar una leve sonrisilla y un par de aplausos cuando un energúmeno lanza un objeto a un campo de fútbol y éste golpea y daña gravemente a alguien del equipo rival...
Tal vez el emblemático Howard Phillips Lovecraft (¡Ay, qué lecturas tan gratas en mi alejada adolescencia!) viajó en el tiempo, conociera a Witkin y se inspirara en él para redactar su relato “El modelo de Pickman”, puesto que Joel-Peter Witkin ha estado en el Infierno que nosotros llamamos hogar y ha vuelto para mostrárnoslo tal y como es.

(Por cierto, me marcho unos días fuera y no tendré acceso a internet. Nos leemos a la vuelta)

lunes, 8 de junio de 2009

¿QUE SOIS? Tyler Durden os responde

EL CLUB DE LA LUCHA (Y 2) (The Fight Club /David Fincher / 1999)



Tercera: si alguien grita basta, flaquea o desfallece, se acaba el combate.

Fincher (que luchó como un endemoniado con Laura Ziskin para obtener los derechos de adaptación) nos ofrece, además del ya mencionado desencanto y frustración de las nuevas generaciones, una re-visitación moderna y consecuente con el presente y el futuro del inmortal mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (magistrales Edward Norton y Brad Pitt, a cual mejor), con un final “sorprendente” tan en boga en los tiempos que corren y que hace que una vez terminada la película, tengamos que replantearnos todo lo visto hasta ahora, y nos veamos en al obligación de encajar las piezas del puzzle fílmico de otra manera, radicalmente distinta, a la que lo habíamos hecho (aunque en un segundo visionado nos parezca que todo era evidente desde el comienzo). Hoy día, rara es la película que carece de final sorpresa, pero hasta ese momento (exceptuando a David Fincher en dos anteriores trabajos como son “Seven” y “The game”) sólo Bryan Singer se había atrevido con la soberbia “Sospechosos Habituales”, y fue el estreno posterior de “El sexto sentido” la que abrió la veda para los largometrajes trampa con desenlace imprevisto, algunos de ellos imprescindibles como son “Memento”, “Femme Fatale”, “Identidad”, “El protegido” o “Swimming Pool”, por citar algunas de las que recuerdo ene este momento.

Cuarta: sólo habrá dos luchadores.

La historia no puede empezar de forma más interesante, Narrador tiene una pistola introducida en su boca, empuñada por Tyler Durden; ahora nos toca descubrir cómo han llegado a esa situación esos dos personajes. Toda la película es un vertiginoso flashback que nos aclarará todas las dudas a esta cuestión. Narrador es una persona como usted o como yo, gris, aburrida, con la tarjeta de fichar en el trabajo colgando de su cuello como un lastre que le arrastra al fondo del abismo, que se deja embaucar por el gran guiñol de la publicidad y las noticias manipuladas, sumido en permanente estado depresivo de hastío y vacuidad por la vida que lleva y la sociedad que le rodea, que le ofrecen sólo cosas intangibles y que no llenan su interior como prometen. En un viaje rutinario de trabajo, conoce al citado Tyler (antagónico tanto física como mentalmente), y éste hará que ese encuentro ¿fortuito? sea el comienzo del cambio en la vida de nuestro protagonista y en la de la sociedad en general. A base de golpes (literalmente) que les despierten, juntos crean el Club de la Lucha, una especie de grupo terrorista socio-cultural sectario donde liberar los instintos más primarios y borrar las frustraciones diarias. A ellos se les unirán personas anónimas que, sin que lo sepamos, tienen nuestras vidas en sus manos. La lucha por la liberación no ha hecho sino comenzar.

Quinta: sólo habrá una pelea cada vez.

Esta película no hubiese existido de no ser por el escritor Chuck Palahniuk (Oregón/1964) que se licenció en periodismo y asistió a un taller de escritura creativa. Como muchas otras personas, una vez acabados sus estudios, no fue capaz de encontrar un trabajo para el que llevaba preparándose durante años, sino que tuvo que conformarse con ser empleado en la cadena de montaje de una fábrica de contenedoresdonde la desesperación de su día a día fue el germen del libro. Se le ha comparado con autores de la talla de Don DeLillo por la forma en que analiza la sociedad, con Kurt Vonnegut por su malsano sentido del humor, con Iain Banks por su prosa o con el surrealismo de Thomas Pynchon. Sea como fuere, hay que reconocer que rompió esquemas con su primer libro (toda una obra brillante y explosiva, solo superada por el estupendo guión adaptado por Jim Uhls, que consigue pulir ciertas asperezas propias de una primera). Aunque yo, personalmente, he perdido el interés por su obra tras la lectura de “Fantasmas” donde repite nuevamente la fórmula que le catapultó al éxito, espero con ansia que me sorprenda en el futuro, que se reinvente y que no caiga en el olvido de mi biblioteca como otros muchos autores.

Sexta: se pelea sin camisa ni zapatos.

En definitiva, “El Club de la Lucha” es una esplendorosa demostración de oficio y conocimiento cinematográfico, que junto a dos películas anteriormente dirigidas por Fincher ( “Seven” y “The Game”) forman una especie de trilogía no reconocida sobre el individuo, sus neurosis, su lugar en un mundo al borde del fin de un milenio que es derrumbado con autoridad y que ve de forma irreparable como se despedazan los cimientos de nuestra falsa felicidad de catálogo y nuestro fingido bienestar de seres vacíos sin voluntad.

Séptima: las peleas durarán el tiempo que sea necesario.

Queridos lectores, compren la portentosa banda sonora de “The Dust Brothers” y luchen, luchen con ganas y cambien de una vez por todas el mundo al compás de sus hipnóticos ritmos.

Octava: si ésta es vuestra primera noche en el Club, tendréis que pelar.

Soy el artículo de Jack que llega a su fin. ¿Alguien quiere luchar?


video

sábado, 6 de junio de 2009

EL CLUB DE LA LUCHA ( The Fight Club / David Fincher / 1999 )


Soy el artículo de Jack, en dos partes, que comienza aquí.


La primera regla del Club de la Lucha es no hablar del Club de la Lucha.

Hete aquí, para mí, la última gran obra maestra del pasado milenio estrenada en 1999 no sin cierta, e injustificada, polémica y que sin duda es y será una pieza de culto, de visión exigida y de estudio necesario en las escuelas de cine o facultades de filosofía, ya no sólo por su lujoso y elegante envoltorio visual ni por su capacidad de producirnos sorpresa o admiración, sino porque refleja fielmente una época y una sociedad consumista y llena de espejismos que no tiraniza y nos maneja a su antojo, diciéndonos en todo momento lo que debemos beber, comer, pensar, comprar, cuando debemos sonreír, cuando llorar, con quién nos tenemos que acostar, cuantos hijos hemos de tener y de qué marca ha de ser nuestro retrete para que hagamos nuestras necesidades con clase (inodoros en los que no se caga, sino que se hace de vientre) convirtiéndonos en las “putas” conformistas de un mundo para el que no somos más que simples peones que bailan al sol de la misma y estúpida música y donde el miedo y la paranoias individuales de cada individuo (un ser humano egoísta y miedoso por naturaleza) forman un compendio de despropósitos que nos arrastran inexorablemente hacia una catástrofe global de la colectividad humana tal y como la conocemos.

La segunda regla del Club de la Lucha: ningún socio debe hablar del Club de la Lucha.

En su momento, se recibió al filme como una apología de la violencia, como una suerte manifiesto de teorías y reivindicaciones neo-fascistas vacías y sin sentido, algo que dista y mucho de la realidad, porque aparte de ser una de las películas con más sentido que jamás se han rodado, si algo es ideológicamente hablando el filme de David Fincher (auténtico genio y visionario del celuloide) es anarquista (recordemos que el movimiento anarquista surgió como movimiento de protesta entre los campesinos más pobres de lugares tan dispares como Andalucía o Ucrania y que predica la virtud de saber sobrevivir con lo mínimo indispensable, despreciando tanto a los ricos como a las riquezas en sí mismas). Los protagonistas bien podrían seguir algunas de las doctrinas esgrimidas por filósofos o pensadores como Francis Hutcheson, Proudhon, Bakunin o Thomas Hobbes en las que fundamentar su necesaria lucha.
Para Huthceson, “la mayor acción es aquella que procura el mayor grado de felicidad la mayor número de personas”, pero una felicidad real, palpable, no ese oscuro velo ilusorio que cubre nuestras vidas con el que algunos se mienten para no ser conscientes de sus miserias y limitaciones. El ser humano, aparte de auto engañarse, hará lo que sea preciso para alcanzar lo que anhela (y codicia todo lo que él no posee y otros sí), pisando y traicionando a quien se le ponga por delante y es por ello que las palabras de Hobbes transmuten en una temerosa y cruda verdad: “las sociedades humanas se levantan exclusivamente sobre el egoísmo, la violencia y el miedo, rematado todo ello con una buena dosis de engaño”. Hastiados de cuanto les rodea, estos guerreros modernos comienzan una sublevación que nos salvará de la cárcel en la que vivimos y es que han de romper la sociedad para reconstruirla de nuevo desde cero; como decía Proudhon: “Si destruyo es para construir”, o como dijo Bakunin: “a menudo, lo que hace necesarias las revoluciones sangrientas es la propia estupidez humana”.
Todo esto, hace que la película adquiera tintes catastrofistas e indiscutiblemente ballardianos. Una vez derrocado el mundo, resurgirá como el Fénix como uno nuevo, insólito y arcaico, sin tecnología y en el que todos los seres humanos estén en las mismas condiciones y la sociedad se transforme en una comunidad tribal: “en el mundo que imagino se cazarán alces en los bosques húmedos de los cañones que rodearán las ruinas de Rockefeller Center. Se llevarán ropas de cuero que durarán toda la vida. Se trepará por cepas gruesas como mi muñeca que envolverán el edificio Sears. Y cuando se mire abajo, se verán figuras machacando maíz y colocando tiras de venado en el arcén de alguna autopista abandonada”. Y como si de una profecía se tratase, al final, con la música de los Pixies, Narrador y Marla se cogen de la mano para asistir al nacimiento de una nueva era en la que seremos libres de todas nuestros vínculos materiales y económicos.

Fin de la primera parte del artículo de Jack. Continuará en breve si el mundo no cae derrocado antes, que espero que...

viernes, 5 de junio de 2009

Declaración de intenciones (un homenaje velado a Ballard)


   
Creo en el poder de las imagenes de las películas de David Lynch, Cronenberg, Marker, Godard, Fincher, Dreyer, Resnais, Hitchcock, De Palma, Verhoeven, Scorssesse, Tartovsky...
   No creo en las corridas de toros, en las peleas de gallos, en la caza del zorro, en el lanzamiento de cabras desde campanarios... y es que como dice el dicho, la tortura, no es ni arte ni cultura.
   Creo en el poder de las palabras de Orwell, De Lillo, Bukowski, Ballard, Dick, Chomsky, Nietzsche, Punset, Foster Wallace y su real visión del mundo...
   No creo en la censura ni en la manipulación de la información.
   Creo en la fuerza narrativa de Will Eisner, Neal Adams, Steranko, Robert kirkman, McCloud, Hermann, Moebius, Jodorowsky, Jijé, Kirby, Raymond, Jacobs, Brubaker, Tardi, Bilal, Tezuka, Cifré, Daniel Torres, Wolweron, Crumb, Alan Davis, Breccia...
   No creo en que un jugador de futbol cobre sesenta y cinco millones de euros por cambiar de club cuando hay niños muriendo de hambre.
   Creo en el trabajador que se levanta cada mañana para trabajar hasta que el sol se pone por un sueldo menos que digno.
   No creo en la manipulación de la religión para justificar guerras estúpidas.
   Creo en el poder de la imaginación.
   No creo en aquellos que predican lo que no cumplen.
   Creo en la libertad de expresión, en el valor y en el joven anónimo que se plantó en 1989 en Tiananmen frente a los tanques del Ejército.
   No creo en un Dios con barba, sentado en su trono, contemplando injusticia tras injusticia, apuntándolo todo para juzgarnos después.
   Creo en mi mujer y mi hija, mis dos verdaderas Diosas, mi Religión y mi Credo.
   No creo en los que reparten armas entre dos pueblos y los enfrenta para luego quedarse con las riquezas del lugar (digase caucho, diamantes, petroleo, corcho o cualquier otra cosa que se le pueda robar al pueblo africano)
   Creo que el fin del mundo está próximo...
   ...Pero creo que mi hija ha nacido para salvarlo.
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